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La Vera+Cruz y El Rocío


Nada menos que siete hermandades rocieras, de las que dos empiezan aquí su peregrinar, encuentran en nuestro pueblo la acogida, la hospitalidad y las atenciones que los de Benacazón sabemos prestar a los forasteros. Cinco de ellas, además de la de nuestro pueblo, hacen su presentación en la Capilla de la Calle Real y reciben el cariñoso saludo de los veracruceros que en ese momento representan a toda la Hermandad, deseándoles un feliz peregrinar y una grata estancia junto a la Blanca Paloma.

El simpecado de Almería trae aires mediterráneos a Benacazón y toda la huerta del Segura aparece representada en el adorno de la carreta del simpecado de la Hermandad de Murcia. Ambas son despedidas con la lluvia de flores que, desde la espadaña, les recordará durante toda la peregrinación su paso por la Capilla de la Vera+Cruz; siempre quedará algún pétalo que, escurridizo, se resistirá a dejar la carreta y la acompañará hasta la misma puerta de la ermita.

La mañana del miércoles el ambiente es distinto, más recogido y silencioso. Los rocieros de Benacazón parten temprano y la salve en la puerta de la capilla tiene más de oración que de canto, más de plegaria que de canción festiva. En la mirada de muchos rocieros y rocieras se adivina un punto de tristeza; el acercamiento a una de sus devociones les aleja de las otras; no hay dicha completa.

Cuando el simpecado, diligente y presuroso, se aleja Calle Real arriba, algunos veracruceros quisieran prender su alma en el rincón más escondido de la carreta y calladamente, más allá de rezos y cantos, vivas y piropos, baile y alegría, atravesar la carne festiva, bulliciosa y "folclórica" de la romería y clavarse en el hueso de lo ancestral, del origen entre mítico y devocional de esa fuerza que mueve a todo un pueblo cada primavera.

Ya es media mañana y las campanas de la ermita anuncian que la Hermandad de Umbrete se acerca por La Carretera. El chocante contraste de una banda de música acompañando un simpecado rociero, la sobria naturalidad de unos caballistas que nacieron con el caballo entre las piernas, el colorido en rancia sepia de unos tiros de mulas que evocan rocíos de aguardiente al alba y vino caliente el resto del día, y sobre todo, la inconfundible personalidad del único cajón que queda, maravilla de ingenua catequesis en sus pinturas y orgullo de un pueblo que ha sabido dejar pasar la fiebre de la plata que todo lo arrasa e ignorar con elegante displicencia los brillos, las volutas, las hojas de acanto, las guirnaldas, las columnas salomónicas y los angelitos hidrocefálicos.

Más tarde, con Espartinas, llega otro concepto de romería. Los veracruceros aguardan con curiosa expectación la llegada de una Hermandad que tan estrechamente unida está a la nuestra de la Vera+Cruz. Decenas de ramos de flores pasan a los pies de la Virgen de los Dolores y las palabras sentidas, los abrazos, la copla de inmediata improvisación, el nudo en la garganta de los más contenidos y las lágrimas desbordadas de los más sentimentales configuran el marco de una escena de hermanamiento no ya de instituciones -formalismo que no va más allá de los textos redactados previamente para la ocasión- sino de las personas: tú conmigo y yo contigo.

Pero aún hay más; concretamente en el año 2.000, cuando parecía que el rito finalizaba con los vivas, la lluvia de flores y el último adiós, de la garganta aún adolescente de tres veracruceros brotó la plegaria; copla basada en los versos de otro veracrucero:

He visto llegar a Espartinas a la puerta de mi capilla.
He visto romeros cantar plegarias y coplas sencillas.
He visto con emoción lágrimas y rezos callados
al pasar por Benacazón este hermoso simpecado.
Y me llené de pasión, como buen veracrucero,
rezando con ilusión en mi sentir rociero.
Mi voz y mis brazos, mi fervor de peregrino
se funden en un abrazo al veros por el camino.
De mi espadaña cayó amor con lluvia de flores
y piropos que salieron como amor de corazones.
Yo no pude contenerme y grité como un hermano:
¡Viva la Madre de Dios! Querido pueblo cristiano.
Mis ojos son dos luceros como agua cristalina
que brillan cuando te veo, simpecado de Espartinas

Los abrazos, las lágrimas y las declaraciones de mutuo agradecimiento vuelven a producirse y ya, por fin, el templete que cobija el simpecado de la Hermandad de Espartinas vuelve la espalda y, con aire cansino, se aleja. Muchos rocieros saben que estas escenas son irrepetibles y por ello, en silencio durante unos momentos, recrean cada instante para que la frágil y caprichosa memoria, ese desordenado almacén de los recuerdos, los guarde el resto de sus vidas.

Y ya sólo queda Villanueva del Ariscal. Con el peso del día, en un mes de junio que de la primavera ya sólo conserva el nombre, se acerca pausadamente la última de las hermandades que presentan ante la ermita de la Santa Vera+Cruz. A pesar de los rigores con que el sol inclemente les viene castigando, son puntuales en su cita anual con este pueblo que, como a las demás hermandades, les espera acogedor; y la Vera+Cruz está ahí, en su sitio, con su salve rociera, su ramo de flores, sus vivas y su lluvia de pétalos para una Hermandad que, sin ser antigua, ha sabido adoptar rápidamente usos y costumbres de añejo sabor que otras, de más larga vida rociera, han ido dejando en las cunetas de los caminos o ni siquiera han tenido nunca. Villanueva es así: conserva celosamente lo antiguo, siempre igual a sí misma, ajena a modas pasajeras, a innovaciones sin sustancia; lo nuevo lo impregna de sabor antiguo y a cosa de siempre: el betún de judea sabiamente transformado en pátina de siglos.

Cuando la última hermandad baja por la calle El Rubio para abandonar el pueblo, Benacazón queda más silencioso, más reconcentrado en sí mismo y este silencio, este ensimismamiento alcanzará su apogeo el domingo y el lunes de Pentecostés para recuperar su pulso la noche del miércoles con la vuelta del simpecado, con un nuevo Hermano Mayor, nuevas ilusiones para, otro año más, volver a hacer lo de siempre. Ilusiones necesarias para que la tradición de hacer siempre lo mismo no se convierta en rutina